Entrevista a Francisco Molina Rodríguez

Francisco Molina Rodríguez es un constructor ubetense, gran devoto de la Virgen de Guadalupe, y artífice de uno de los últimos elementos que vienen a embellecer el Santuario del Gavellar: una hornacina situada en el salón de peregrinos, llena de simbolismo y amor a la Chiquitilla, que se inaugurará el próximo 11 de septiembre.



- ¿Cómo surgió el proyecto de la hornacina?
Es una historia muy particular y que viene de hace tiempo. Ya hace un par de años hice un templete para el santuario, pidiéndolo permiso al anterior presidente, Luis Martínez Rueda; sin embargo, finalmente fue pasando el tiempo y el proyecto no se llevó a cabo.
Ya con la actual directiva planteé retomar de nuevo el proyecto, para lo cual consulté con algunos directivos y con la hermana mayor, Mariani Redondo; se acordó que se llevara a cabo, aprovechando la estancia de la Virgen en Úbeda para evitar molestias en el culto.
Sin embargo, el principal aliciente para que este proyecto se llevara a cabo fue un hecho providencial. Dos semanas antes de empezar el proyecto, trabajando, me cayó una baldosa de mármol de un balcón y me salvé milagrosamente, rozándome tan sólo la pierna. En ese momento, comprendí que era una señal para que llevara a cabo dicho proyecto, con más fe si cabe que antes.

- ¿Con qué ayuda has contado?
Es un trabajo que he realizado yo solo, contando con la inestimable ayuda de Joaquín Moyar Martos y Miguel Ráez Martínez, miembros de la directiva de la Real Archicofradía y Vocales de Santuario.

- Descríbenos la hornacina, ¿qué has querido representar?
Es como una pequeña capilla, con dos ventanas neogóticas y bóveda de cañón casetonada, con una pila de agua bendita y presidido por un altar de inspiración vandelviriana en donde se localizará un relieve del escultor Paco Tito recreando la milagrosa aparición de la Virgen al pastor Juan Martínez.
En las hornacinas aparecen elementos naturales como son las espigas y las uvas, así como una rama de olivo, es decir, las tres cosechas tradicionales de Úbeda. Su presencia se justifica porque la Virgen sube la cuesta en mayo (cuando se realiza la siembra) y regresa en septiembre (con la vendimia), a través de un camino de olivos, permaneciendo cinco meses en Úbeda (representados con cinco aceitunas de la rama del olivo). En el soporte del relieve hay un arco en donde aparece una estrella de seis puntas, que recuerda al farol-guía de los peregrinos, así como una hoja perenne como rememoración de la fortaleza de la fe del pueblo ubetense hacía la Virgen.
Se complementa con una inscripción dedicada a los romeros, que son los que llevan a la Virgen.

- ¿Cuál es tu formación?
Soy autodidacta. He hecho pintura y escultura, he labrado piedra, etc., pero nunca he podido formarme como un profesional del trabajo de la piedra, ya que he tenido que cuidar de mi familia. Recuerdo que cuando era pequeño me escapaba a la Alameda, en donde labraba piedras con mucha ilusión y medios rudimentarios.
Como anécdota, comentarte que de niño era muy amigo de Paco Palma, hijo del gran escultor Francisco Palma Burgos, y recuerdo haber jugado en la terraza de su casa y ver al maestro en su trabajo, que casi me recordaba a un personaje bíblico por el aura que le rodeaba.

- ¿Imagino que para ti será un orgullo el haber realizado esta obra?
Por supuesto. Es un trabajo realizado con mucha ilusión y mucha devoción, pero también realizado desde la sencillez. En el Santuario he podido recrearme, pues en el trabajo cotidiano no me lo permiten al tener que ajustarme a un contrato.
De hecho, la pila de agua bendita la tenía hecha desde hace tiempo atrás y mucha gente me la quería comprar pero yo quería darle un sitio especial, saber donde está, y qué mejor que dejarlo en el Santuario donde lo puedan ver mi familia, mis amigos y todo el pueblo de Úbeda.
Estoy orgulloso porque mi trabajo se suma al de muchos otros artistas que han trabajado en el Santuario, constituyendo una piedra más de un monumento con mucha historia.

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